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TRADICIONES.
Festividad de
San Antón |
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Por José Moreno Rosell 1915-1996
En este mi pueblo de
Madridejos, de la provincia de Toledo, hay una plaza que es llamada
"Plazoleta de San Antón". Está enclavada entre las calles de la Cruz por
la izquierda, y virgen de Gracia por la derecha. Hay edificada una iglesia
pequeña, que no está precisamente en el centro, pues está en la parte de
Poniente algo más cerca de las casas habitadas. Entre varias imágenes está
la de San Antonio Abad (patrón de los animales), que es a él a quien está
dedicada la Iglesia.
Pues bien, en los meses de febrero o marzo de cada año,
era una costumbre, el que alguna persona ofrecía por algún favor recibido
de San Antón, el comprar un cochinillo pequeño, que tras ponerle en el
cuello una cinta de color, el la cual iba metida una campanilla, le
soltaba en la calle a que se buscara su alimentación diaria por su cuenta.
No tenía que trabajar mucho para ganarse la comida, pues se ponía a
caminar por las calles del pueblo, que al ruido de la campanilla,
cualquier vecino (las mujeres en su mayoría), enseguida le sacaban a la
calle el sustento, que en su mayoría era un puñado de granos de cebada,
guisantes, titos, etc., que hasta había quien le amasaba harina de cebada
molida y salvado. De esta forma estaba alimentado en demasía. Los
alimentos anotados anteriormente, es que no faltaban casi en ninguna casa,
porque en ellas se engordaban cerdos.
También en las calles que había grandes baches, o
en aquellas que existían cunetas, le echaban un par de cubos de agua y en
ella se revolcaba para darse un baño. Como lo que había usado no era
precisamente jabón, si no tierra, quedaba muy guarro el GUARRO. Entonces
con otro par de cubos de agua, se la vertían por encima y ya quedaba más
presentable. Se las sabía todas, pues cada día acudía al lugar donde la
comida que le ponían era más de su agrado, pues así "comía a la carta". Le
daban también agua para que bebiera. andando y andando, se iba a comer a
otro restaurante, empleando en esto todo el día. Era mirado con simpatía
por la gente, pues los únicos que le hacían de rabiar un poco eran los
chicos. Pronto se hacía un granujilla, y corría para que no le molestaran.
Para pasar las noches, se buscaba el sitio en algún
lugar de las tejeras existentes fuera del pueblo, y hasta alguna persona
le daba sitio en el corral de su casa o cuadra, y le preparaba buena cama
de paja. Como estaba en calidad de transeúnte, el peligro que tenía era el
ser atropellado por algún carro tirado por caballería, que él sabía
esquivar bien, como lo hacía con los coches que circulaban (que eran
pocos), aunque los que iban guiando en los carros y en los vehículos,
ponían cuidado para evitar el atropellarle.
Así transcurrían los días, semanas, meses, y
aquel cochinillo pequeño, se había convertido en un grande y gordo CERDO.
Con algún tiempo de antelación al 17 de enero, que es la Fiesta de San
Antón, por vecinas del barrio donde está instalada la Iglesia del Santo,
se dedicaban a vender por las casas del pueblo, recibos numerados para el
sorteo del mencionado CERDO, que era para solventar los gastos que
ocasionaban los actos programados para esta festividad y mantenimiento de
la Iglesia. Dicha rifa se hacía en su día. Con dos o tres días antes de la
fiesta, chavales jóvenes de este barrio, iban por las casas pidiendo leña
para la iluminaria-hoguera. Generalmente recogían gavillas de sarmientos o
haces de ramón.
Llegada la víspera, 16 de enero, para por la
noche a primera hora, era encender una hoguera grande en la plazoleta
orilla de la Iglesia, con la leña recogida, que lo acompañaban con el
tirar muchos cohetes por los vecinos de este barrio. Venían a presenciarlo
gente de otros barrios. He de hacer constar, que en la casi totalidad de
las casas de este pueblo completamente agrícola, también echaban una
hoguera pequeña en la calle frente a la puerta, para que el Santo les
protegiera de males e incluso de la muerte, a caballerías, cochinos,
gallinas, conejos, palomos, perros, etc., pues eran pocos los que no
tenían algún animal, también algunos tiraban cohetes, y desde luego
poquísimos era tirar con la escopeta un tiro al aire, que como esto estaba
prohibido, se metían en sus casas y en el corral lo hacían donde no los
veía nadie. Al día siguiente si se iba por cualquier calle, no hacía falta
preguntar quien hizo hoguera la noche anterior, pues quedaba la señal en
el suelo, y era en la mayoría de las casas.
Y por fin llegaba el día 17, que es el día de la
fiesta, por la mañana celebraban la misa, y luego al Santo en procesión,
recorriendo varias calles del pueblo. Por la tarde, en su mayoría gente
joven, montados en caballerías (burros, mulas, caballos) y en carros, se
dedicaban un rato en dar vueltas alrededor de la Iglesia por sus cuatro
costados, a esto lo llamaban SANTONEAR. Como las caballerías iban
corriendo, en varias veces hubo accidentes en caídas y vuelcos de carros.
En estos carros generalmente iban cuadrillas de amigos jóvenes. Se ponían
puestos de chucherías, caramelos, dulces, alcahuetes, garbanzos tostados,
etc. Ahora llevamos muchos años, que hacen la hoguera en el poco sitio
dejado en la plazuela por la central telefónica que allí instalaron, la
hicieron polvo, pero en el resto de las casas ya no, se quemaría el
asfalto, además ya no hay caballerías, ni cerdos, que era el principal
motivo, porque han sido sustituidos por tractores y comprar en las
carnicerías lo del cochino. Luego en su día hacen la procesión, lo que no
se hace en SANTONEAR.
Este San Antón es patrón de los herreros que era
su día de fiesta y descanso, celebrándolo con una gran comilona de
hermandad. Así terminaba la cosa, y a esperar al próximo cochinillo.
Y es que además está el dicho de,
hasta San Antón, Pascuas son.
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El Santo, el Gorrino y el Mamotreto: En
Madridejos, los recuerdos de la infancia suelen tener el sonido de
una campanilla y el aroma a sarmiento quemado. Sin embargo, hablar
hoy de la Plazoleta de San Antón es hablar de una ausencia y una
resistencia. Lo que antes era un espacio abierto de convivencia,
enclavado entre la calle de la Cruz y la de la Virgen de Gracia,
quedó fracturado a principios de los años 70. Fue entonces cuando se
levantó aquel "mamotreto" de la central telefónica, una mole de
cemento que se impuso sobre el trazado antiguo, "haciendo polvo" el
encanto de la plaza y dejando a la pequeña iglesia de San Antón casi
arrinconada, como un testigo mudo de otros tiempos.
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La Iglesia del Poniente y su Huésped con Cascabel
A pesar del hormigón
moderno, la iglesia sigue allí, desplazada hacia el Poniente, con su
fachada de un blanco inmaculado y su espadaña apuntando al cielo
toledano. En su interior aguarda San Antonio Abad, el patrón de los
animales, que cada año veía cómo se repetía un ritual de fe y
vecindad.
Todo empezaba cuando
alguien, en agradecimiento por un favor concedido, soltaba un
cochinillo por las calles. Al cuello, una cinta de color y una
campanilla que anunciaba su llegada. Aquel animal no era de nadie y
era de todos. Al oír el tintineo, las mujeres salían a las puertas
con puñados de cebada, titos o salvado amasado. El cerdo, que "comía
a la carta", recorría el pueblo con la parsimonia de un vecino más,
buscando el sustento que nunca le faltaba en una época donde en cada
casa se criaba para la matanza.
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Barro, Paja y Picaresca
El gorrino de San Antón
se las sabía todas. Si encontraba un bache o una cuneta con agua, se
regalaba un baño de lodo del que salía hecho un auténtico "guarro",
obligando a algún vecino a darle un manguerazo para que recuperara
la compostura. Dormía en las tejeras o en la calidez de algún corral
donde siempre encontraba una cama de paja limpia.
Era el rey de la calle,
esquivando carros y los pocos coches que entonces circulaban,
siempre bajo la mirada cómplice de los mayores y las travesuras de
los chiquillos, que lo hacían correr hasta convertirlo en un animal
resabiado y ágil.
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El Fuego que Protege
Al llegar enero, aquel
lechón ya era un cerdo soberbio. Mientras las vecinas vendían
papeletas para su rifa —destinada al mantenimiento del culto—, los
jóvenes se afanaban en recoger leña. La víspera del 17, la noche de
Madridejos se iluminaba. Frente a la iglesia se encendía la gran
hoguera, rodeada de cohetes y alegría.
Pero el rito era
universal: cada puerta tenía su pequeña luminaria. El humo debía
envolver a las bestias, perros y aves para protegerlos de la
enfermedad. Eran tiempos de fe y pólvora, donde incluso se oía algún
tiro de escopeta al aire desde el refugio de los corrales, burlando
la prohibición mientras el suelo de todas las calles amanecía
marcado por las cenizas de la noche anterior.
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Tradición Viva: El San Antón de Hoy
Aunque el "Santonear"
con las mulas ha quedado en el recuerdo y el "mamotreto" de la
telefónica sigue robando espacio, el corazón de la fiesta se niega a
apagarse. Madridejos ha sabido adaptar su fe a los nuevos tiempos,
manteniendo encendida la llama de la víspera.
Hoy, la noche del 16 de
enero, la gran hoguera sigue desafiando al frío en la plazoleta,
congregando a vecinos que comparten el calor del fuego, las pastas y
los dulces con limoná y mistelas. Previamente el protagonismo vuelve
a los animales, pero de una forma diferente: las mascotas de la casa
toman el relevo de aquellas antiguas mulas, se celebra un concurrido
concurso de animales de compañía, donde perros, gatos y otras
criaturas desfilan con orgullo. El día 17, con la solemne procesión
del Santo por las calles del barrio y la esperada bendición de los
animales a las puertas de la iglesia blanca. Es el momento en que lo
antiguo y lo moderno se abrazan; frente al edificio de la
telefónica, los vecinos de Madridejos siguen alzando sus mascotas al
cielo, renovando un pacto de protección que, a pesar de todo, sigue
siendo sagrado. Porque, al fin y al cabo, mientras arda la hoguera y
se bendiga a un animal, "hasta San Antón, Pascuas son".
IA José-María Moreno 2006

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